Qué es y cuándo nace el Partido Feminista - ¿Nosotra contra nosotras?


Cuando respondes a una pregunta es porque la aceptas. O sea, en tu respuesta va implícito el reconocimiento no solo de quien pregunta, sino de los términos en los que lo hace. Valdría como ejemplo universal e idiota aquel "¿A quién quieres más, a mamá o a papá?".

He pasado un año largo negándome a responder a la siguiente pregunta sobre la prostitución: ¿Eres abolicionista o regulacionista? Y lo he hecho porque se trata de una pregunta trampa, además de una pregunta, si se me permite, boba. Me la he tenido que oír decenas de veces, en tanto que feminista, y todas y cada una de ellas he respondido lo mismo: Mi lucha es por los derechos de las mujeres y sobre todo contra la violencia física, sicológica, económica, social, política, educativa, sanitaria, legal etcétera que se ha ejercido siembre y se sigue ejerciendo contra nosotras.

Todo este tiempo, además, me he negado a escribir sobre el asunto, y si lo hago ahora es profundamente preocupada por la fractura brutal que se está imponiendo al movimiento feminista. Más bien, fracturas. Porque como la del abolicionismo/regulacionismo no acabó de funcionar, o sea no acabó de quebrarnos, ha llegado una nueva andanada, la de la transfobia. Y parece que esta viene más dura.

El feminismo es un movimiento político, universal y solidario. Político, no social. Universal porque abarca el mundo entero. Y solidario, porque aquello que funciona en Chile se aplica en Alemania, y la agresión de una mujer en Canadá tiene su representación y respuesta en Italia o Filipinas. Deberíamos remontarnos a principios del pasado siglo XX para encontrar un movimiento político de tal envergadura. Y eso da miedo, claro que da miedo. Eso pone en peligro los privilegios de la mitad de la población, pero sobre todo la construcción económica global y toda opresión derivada del hecho religioso. La lucha feminista es una lucha por los derechos de las mujeres y contra la violencia habitual y constante que se ejerce contra nosotras. Y es una lucha de clase.

Por eso resulta evidente que hay enormes sectores de poder empeñados en fracturar el movimiento, en no permitir que crezca, que prospere, que cunda. Y la mejor forma de quebrar una lucha es desde dentro.

En cuanto al asunto del regulacionismo o no de la prostitución, la cosa es bastante simple. Demos por buena la idea de que la prostitución es un trabajo que algunas mujeres ejercen por voluntad propia y libremente. Bien, para regularlo, como sucede con cualquier otro sector, sería necesario un censo de trabajadoras. No se puede reglamentar un sector difuso y confuso. Hay que delimitar el objeto. Eliminemos del grupo, en esto el consenso es total, a todas aquellas prostitutas fruto de la trata; eliminemos también a todas aquellas prostituidas por uno o varios seres humanos a la fuerza; eliminemos a aquellas que lo son como consecuencia del maltrato habitual; eliminemos a aquellas que, a raíz de ser prostituidas o abusadas desde menores, han sido educadas en la prostitución… ¿Qué nos queda? ¿Cómo censamos ese poco o nada que queda? ¿Qué tipo de legislación laboral podría crearse, de acuerdo con los derechos humanos y con la no aceptación de una brutal opresión de clase?

Sin responder a las actuaciones y preguntas anteriores, la cuestión de "regulación, sí o no" se convierte en un enunciado vacío cuya única utilidad reside en enfrentar a una parte del feminismo con otra. Y alimentar la risa de todos los puteros que en el mundo son, o sea millones y millones de hombres. Engordar también, sí, la satisfacción de la carcundia antifeminista, de nuevo millones y millones, de hombres y de mujeres.

Vamos ahora con el asunto de la transfobia, porque es más complejo.

En las últimas conferencias o clases o debates en los que he participado, se me han acercado grupos de mujeres jóvenes a afearme mi supuesta transfobia. Entiendo que eso quiere decir que odio a las personas trans. Llevo los suficientes años defendiendo sus derechos como para no tener que extenderme en explicaciones. Pero baste decir que, por supuesto, contemplo el género como algo diferente al sexo, y que respeto cualquier opción, faltaría más. Tener que decir esto, a estas alturas, me produce sonrojo.

En general, las críticas me llueven del hecho de haber afirmado que yo no soy un "cuerpo gestante" sino una mujer. Porque así lo creo, soy una mujer, y tal afirmación no supone negar que otra lo sea, por descontado. ¿Dónde está, pues, el problema? Supongo que en aquello llamado cisgénero que define a aquellas personas cuya identidad de género coincide con su sexo. Yo nazco con vulva y soy mujer. O sea, soy cis. Bueno, pues aceptemos la definición. Se trata de nombrar. El problema empieza cuando cunde la idea de que ese "cis" supone un eje de represión y de fobia, que son equivalentes, que ser "cis", o sea mujer con vulva, me convierte en alguien macerado en odio que ejerce violencia contra quienes no son como yo. En términos de sexualidad, vendría a ser como si el hecho de ser heterosexual encerrara en sí mismo una agresión. O el hecho de ser blanca. Por supuesto, yo puedo ser blanca y antirracista, lo que sería idiota es pretender que soy negra. Yo soy bisexual, lo que jamás ha hecho que observe con recelo a las personas heterosexuales.

Y aquí viene el meollo de la cuestión: Debe mediar una intención aviesa para considerar que toda aquella persona que no es transexual es tránsfoba. Y debe mediar un movimiento bien orquestado para crear una corriente de pensamiento que cunda en tal dirección. De eso se trata.

Estamos hablando de feminismo y de violencia. Es en la construcción del feminismo y la lucha contra la violencia y contra el capitalismo que la sostiene donde deberían centrarse todos nuestros esfuerzos, ¡madre mía lo que todavía nos falta!, y sin embargo llevamos ya demasiado tiempo enredándonos en debates impuestos y aparentemente incomprensibles. Incomprensibles a no ser que una se pregunte el clásico Qui prodest: ¿A quién beneficia?

Este miércoles, a cuatro días de la manifestación del 8M, he oído a Diana Cardo, activista trans, declarar a un periodista de la cadena Cuatro que si hace falta usarán "la violencia" (¿ella y quién más?) en la movilización para defender sus derechos.

¿De verdad hemos llegado a este punto?

¿De verdad una mujer activista y en teoría feminista cree que va a darse de hostias con otras mujeres feministas en una manifestación organizada a favor de los derechos de las mujeres y contra la violencia machista?

¿De verdad nosotras contra nosotras?

De nuevo: ¿A quién beneficia? Responda cada una lo que le venga en gana, pero tratemos de no lanzar la respuesta contra la cara de la que tenemos al lado. Si acaso, propongo echar una ojeada a los que, un poco más allá, se están frotando las manos muertos de la risa.




La expulsión de Lidia Falcón de IU y la brecha en el feminismo
La expulsión de Lidia Falcón y de su Partido Feminista de Izquierda Unida es un síntoma explícito y grave del tremendo enfrentamiento desatado entre el feminismo que reclama desde hace muchos años el protagonismo de las mujeres como sujeto político que lucha por la igualdad y los movimientos trans, queer y de defensa de los vientres de alquiler, que forman un todo, en opinión de las expulsadas de IU.
Lleva Lidia Falcón toda su vida luchando por el feminismo, por la igualdad. Desde la clandestinidad, cuando fue detenida y torturada por el repugnante González Pacheco, Billy el niño, cuando sufrió delaciones falsas que la llevaron a la tortura y a la cárcel (Véase el libro "Viernes 13 En la calle Correo"). Desde IX Congreso del PCE, en 1978, cuando Falcón lideraba la ponencia de Feminismo y se quejaba del machismo que había en su propio partido. Desde la creación del partido Feminista, en 1979, cuando el término no era de uso común y ella contribuyó a ensancharlo y establecerlo en la agenda pública.
Este currículum en la lucha por la igualdad es considerado por algunas, hoy en posiciones de poder, como un síntoma viejuno, que serviría para desautorizarla por tener 84 años y estar, al parecer, desfasada.
Echan a Lidia Falcón, pero el debate de fondo es cuál es el papel de las mujeres como sujeto político, mujeres que después de trienios de lucha no han logrado aún la igualdad plena.
Las feministas que se pueden parecer a Lidia Falcón, sienten que hoy se quiere anular su papel, que se quiere poner en cuestión su discurso de igualdad, aún no culminado, y que estamos en puertas de la efervescencia de los vientres de alquiler, de lo que definen como "loby trans" y de la hegemonía queer.
La fragmentación del movimiento feminista, sostienen estas feministas, no vendría de la derecha machista de toda la vida, hoy con renovados bríos para poner en cuestión el discurso de igualdad, e incluso la propia terminología, que pretende decir "violencia intrafamiliar" a lo que es violencia machista y nombra con adjetivos que me niego a reproducir a las feministas. La fragmentación vendría del movimiento trans, de las que quieren legalizar la prostitución y de los que defienden los vientres de alquiler sobre la base de que tener hijos es un derecho, y no sencillamente un deseo, por intenso que sea.
Se quejan de que las mujeres desaparezcan y se hable de "progenitores gestantes" y "progenitores no gestantes". No hay padres ni madres, ni mujeres ni hombres. No se nace con un sexo, sino con un género. Desaparecen las mujeres y con ello, el feminismo.
Esta especie de lucha fratricida estaba larvada desde hace años y se pone ahora de relieve con todas sus aristas con la llegada al Gobierno de España de las que defienden una puesta en cuestión del discurso feminista que habíamos conocido hasta ahora. Esto va para largo y asistimos a las primeras escaramuzas de lo que será una lucha a bayoneta calada, muy lejos de la hermosa sororidad, valor feminista.
Además de otras muchas luchas entrecruzadas, hay aquí una lucha también con un componente generacional. Y de poder, desde luego. Y está esa capacidad ínsita de IU para devorar a sus mayores; ya lo hicieron con Marcos Ana, no fueron suficientes sus treinta años de cárcel en tiempos de Franco para que el aparato no lo defenestrara. Ahora han purgado a Lidia Falcón, 84 años, que desde que tiene uso de razón esta luchando por la igualdad. Esta loca, dicen, les falta añadir que es una histérica y que chochea.

José María Calleja 

Partido Feminista de España

El Partido Feminista de España fue fundado por Lidia Falcón en 1975, constituido en el 79 y legalizado en el 81. Falcón, que es presidenta del partido desde entonces, es una histórica abogada feminista que ha participado en la elaboración de los proyectos de Ley del Divorcio, del Aborto y de Violencia contra la Mujer. Durante el franquismo se opuso a la Ley de Peligrosidad Social que perseguía a homosexuales y transexuales y su partido se había posicionado históricamente del lado de las reivindicaciones de lesbianas, gays y bisexuales, como la abolición de las leyes represoras y las primeras peticiones de legalizar el matrimonio igualitario, ya en 1986.
El PFE es un partido marxista feminista, que aboga por la proclamación de la III República y que celebrará su tercer congreso los próximos 28, 29 de febrero y 1 de marzo. En las primeras líneas de sus estatutos ya indica que su objetivo es "la liberación de la mujer de la explotación y opresión que sufre en nuestro país". Con esta premisa Falcón fue candidata a las elecciones al Parlamento Europeo en 1999 por la Confederación de Organizaciones Feministas, impulsada por el propio PFE. Quedó lejos de lograr el acta, pero consiguió 28.901 votos, el 0,14% del total.

En julio de 2015, en el II Congreso del partido, aprobaron el informe político de la presidenta, el programa electoral –que incluye la cobertura sanitaria pública de las operaciones de cambio de sexo– y la decisión de solicitar el ingreso en la coalición IU, que se hizo efectivo en 2016. La formación mantenía entonces sus propios estatutos y Programa Electoral que, no obstante, reconocían que coincidía con el de IU, de donde ha sido expulsada cuatro años después.

ExS

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